UNA VIEJA PREGUNTA

Por Ricardo Reti

(Uno de los mejores jugadores del mundo de los años 30)

¿Qué es exactamente el ajedrez? Un juego al cual muchos hombres han dedicado su vida y acerca del cual muchos volúmenes han sido escritos. La pregunta consiste en saber si conviene tratarlo como juego o como ciencia.

Si nos remontamos en la historia del ajedrez, descubrimos que el juego estaba de moda principalmente en los países que desempeñan un importante papel cultural. Los árabes, que en aquel entonces era el pueblo culturalmente más desarrollado, fueron los que introdujeron el ajedrez en Europa al final de la Edad Media. Los más antiguos escritores europeos de ajedrez vivieron hacia 1500 en España y Portugal, países vanguardistas en aquella época de descubrimientos materiales e intelectuales. En el período renacentista italiano sobresalen los nombres de Polerio y Greco. Durante el siglo XVIII y la era napoleónica, Francia era el país europeo más avanzado política y culturalmente. Esta es justamente la época en que brillan Philidor y Labourdonnais y en que el mismo Napoleón dedica sus ratos de ocio al noble juego.

Durante el siglo XIX, los países que mostraron mayor interés por el juego fueron Inglaterra, y más tarde Alemania, Rusia y Estados Unidos. Después de la primera guerra mundial, el ajedrez y la reanudación de los torneos hicieron más para reconciliar unos países anteriormente enemistados y crear un terreno común de entendimiento internacional que la propia ciencia o el arte.

Si intentamos explicar el valor de un juego practicado esencialmente por gente de alto nivel cultural, tendremos que plantearnos las consideraciones siguientes: el ajedrez es un juego de lucha, y Lasker ya demostró en su tiempo que todo ser humano siente la necesidad de practicar un juego competitivo, sea este de naturaleza deportiva, de cartas o de tablero. De cualquier modo, deseamos probar nuestra fuerza y buscar la victoria a causa de que vivimos en sociedades modernas dominadas por las máquinas y de que debemos mantener un ritmo de vida que nos es impuesto.

Las personas dotadas de un gran nivel cultural no suelen satisfacerse con cualquier tipo de juego; a largo plazo no se contentan con juegos que hagan meramente intervenir el azar o la habilidad. Pero el ajedrez les proporciona un juego que es puramente intelectual y que excluye la suerte. En ajedrez, el que ganemos o perdamos depende esencialmente de nuestra capacidad de lucha intelectual, hecho que confiere al juego su reconocida profundidad.

Luchamos de modo diferente si estamos en buena disposición de ánimo o si estamos tristes, ya que el ajedrez es un reflejo simultáneo del carácter y de la disposición del jugador.

Resulta fácilmente reconocible el jugador demasiado prudente, mezquino, astuto, reservado u oportunista; a la larga, es incapaz de cosechar éxitos frente a un rival honrado que trata casi siempre inconscientemente de superar las dificultades por medios rectos. Estas consideraciones ilustran a la perfección las posibilidades expresivas del juego y vienen a demostrar que el arte y el ajedrez no quedan a gran distancia uno del otro.

¿Cabe preguntarse si un juego puede ser a la vez un arte? Hay que decir ante todo que los juegos y el arte no difieren tanto como solemos pensar. Tienen ambos mucho en común. Más aún, en un sentido puramente materialista, ambos carecen de sentido. Al igual que el artista, el jugador construye su propio mundo donde se refugia cuando desea escapar de la trivialidad cotidiana. Finalmente, es bueno saber que el arte era originalmente un juego y un pasatiempo.

Las paredes pintadas del hombre prehistórico, las canciones de los antiguos pastores griegos o sus comedias enmascaradas no estaban tan alejadas del concepto de arte. Nació el arte en cuanto el desdichado amante empezó a expresar la pena a través de su flauta. La esencia del arte radica en la capacidad del artista en fundirse espiritualmente con su obra.

Quien ha experimentado, por ejemplo, el profundo sentimiento de entrega que deja traslucir cualquier partida de Rubinstein, debe saber que se halla ante un arte joven y abierto al progreso.